De Terapeutas y otros mitos

    En mi propia experiencia de acompañar procesos internos desde la no dualidad, voy descubriendo la fuerza del verdadero poder sanador y desmontando mitos acerca de la relación terapéutica.

    La palabra terapeuta no me gusta, pero la podemos usar para entendernos. Acompañante hacia dentro me parece mucho más fiel a lo que hago.

    La palabra paciente tampoco me gusta. Usaré el termino cliente, que tampoco me gusta, pero vuelve a servirnos para entendernos.

    Emplearé en mayúsculas las palabras Dios, Ser, Amor, Fuente, Esencia, Identidad… y todas se refieren a lo mismo, a la experiencia inefable de lo que Somos.

    Voy a ir directa a la raíz para mirar esta idea de ayudar a otros a sentirse mejor, a dejar de sufrir, a recobrar su paz… a aquello por lo que acudimos a una relación de ayuda.

    Desde donde yo lo vivo, la ayuda que recibe la persona que viene a consulta siempre proviene de su interior. Siendo la ayuda que él/ella misma se permite recibir. La sanación, entendida como ese tránsito desde un punto en el que estoy sufriendo a otro punto donde recupero mi equilibrio interior y mi bienestar, proviene de recibir y aceptar la conexión o comunicación con nuestro Ser, que voy a permitirme definir como Amor Perfecto pues así lo siento y así me gusta.

    Por tanto, en última instancia cada vez que sufro lo que está sucediendo es que no estoy sintiendo la relación con el Amor en mí. Me vivo desconectado/a de esta relación. Me puedo contar las mil razones de mi sufrir, pero mi experiencia me dice que cuando siento la vibración del Amor no experimento sufrimiento, este pasando en mi escenario lo que esté pasando. Por tanto, no sufro por lo que pasa, sufro porque no experimento la vibración del Amor.

    De Terapeutas y otros mitos

    Esta es para mí, la causa real de cualquier experiencia de sufrimiento, a mayor percepción de desconexión con el Amor, mayor sufrimiento y la manera de dejar de sufrir, sea cual sea el suceso, es volver a sentir la conexión, como una experiencia real y no como una idea teórica.

    Partiendo de esta premisa por supuesto que, en consulta, vamos a mirar toda la serie de ideas, acontecimientos, experiencias, emociones que la persona cree que son causa de su sufrimiento. Vamos a mirarlas con profundo respeto para ponerles luz, para desmontarlas, pues estas creencias y condicionamientos son el tejido con que la conciencia forja su identificación con el ego, personaje o falso yo, que es justo lo que nos impide la conexión con la Identidad real.

    La Identidad real esta desposeída de esas máscaras. No contiene sombra ni oscuridad, pero abraza e incluye la sombra y la oscuridad que no son más que el efecto de la negación, olvido o inconsciencia de la Luz, del Amor, del Ser, de Dios…

    Es nuestro Origen Divino, lo que tiene la capacidad de abrazar toda la experiencia humana (cuerpo, emociones, pensamiento) elevando nuestra vibración a las frecuencias del Amor y la Comprensión de la Unidad.

    La vibración del Amor es lo que sana. Pura luz alumbrando la conciencia y permitiendo ver el juego donde esta se perdió. El inocente baile de la conciencia.

    Sanar significa que, literalmente la conciencia acerca de Quien Somos se amplía, sustituyendo la percepción por la visión espiritual, que es una experiencia completa, a veces solo un instante, en otras ocasiones de forma más permanente, pero en esta ampliación de la conciencia, el sufrimiento no puede mantenerse al vibrar en una frecuencia mucho más baja. Sencillamente no se sostiene.

    Entonces todo comienza a verse, a vivirse de otra manera y lo que no corresponde con esta nueva vibración simplemente ya no se ve. No entra en nuestro campo perceptivo. Esto es un cambio de percepción. Una ampliación de nuestro estado de conciencia que la sitúa más cerca de la Esencia y cuanto más cerca vive mi conciencia de la Esencia más lejos vive del sufrimiento, que es inconsciencia de Quien Soy.

    No hay persona que sane a otra. Lo que esta sanando todo el rato es la mente o conciencia colectiva. Todo aquel que se llame a si mismo terapeuta, maestro, chaman, sanador, ha de tener la suficiente humildad para reconocer que aquella persona que se pone frente a él en “terapia” viene para ambos ser sanados. La ayuda siempre es mutua. Al menos esto es no dualidad.

    Este terapeuta sabe que nunca cobra por la sanación. Cobra por su tiempo, su dedicación, su energía, su entrega, la aplicación de sus técnicas y herramientas, la trasmisión de sus conocimientos, pero nunca por la sanación, pues esta sucede más allá de él.

    La sanación se abre cuando la conciencia se reconoce merecedora de recibir el Amor Perfecto ante esas partes que considera indignas de sí misma, aunque sea un mínimo instante. El Amor se cuela por la ranura de ese mínimo instante y acude allí donde se le ha invocado y se le permite entrar.

    Entonces sucede. Sanamos. No hay trucos. Es real.

    Gracias.

    Ana Sánchez

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